Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, Y camino de vida las reprensiones que te instruyen. Pr 6.23

Articles by "La historia detrás del himno"

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Mary Ann Baker, tenía una historia incubándose muy dentro de ella, mientras se esforzaba emocional y espiritualmente. “Dios no se preocupa por mí. Esta particular manifestación de lo que llaman 'Providencia divina' es indigna de un Dios de amor”, llegó a decir Mary. “Siempre he tratado de creer en Cristo y me he consagrado a Él, pero esto es más de lo que puedo soportar". "¿Qué he hecho para merecer esto? o ¿qué he dejado de hacer para que Dios descargue su venganza sobre mí de esta manera? ¿Por qué ha sucedido esta tragedia? ¿Cómo puede un Dios de amor permitir estas cosas? ¡No es justo! ¿Por qué debo sentirme de esta manera?"

Estos fueron los gritos de sentimientos, que habríamos escuchado el año 1874 como consecuencia de su angustia. Probablemente toda esta escena no es desconocida para usted,  si ya usted ha perdido a alguien cuya vida se supone no debía terminar. Si, esto es así, ¿quiénes no han pasado por esto?  A continuación,  relato la historia de Mary Ann Baker y cómo se enfrentó a este duro golpe, a esta tormenta.

Mary Ann Baker vivía en la ciudad de Chicago, Illinois. Había crecido y vivido en esta ciudad, entregada al movimiento de  prohibición del alcohol. De manera que podríamos decir que  ella calificaba para una vida de pureza; trataba de vivir una "vida correcta", colocando a Dios en lo alto de su lista personal de tareas pendientes. Su hermano, que vivía con ella, enfermó de pronto de la misma enfermedad respiratoria de la que habían muerto sus padres. Para ayudar a su tratamiento, se mudaron al sur de los Estados Unidos, buscando un clima más benévolo. Todo parecía ir mejorando, pero cuando ella enfermó y no pudo estar con su hermano, la salud de este se tornó crítica; sorpresivamente, el joven empeoró y murió. Mary Ann  tenía 42 años cuando sufrió la pérdida de su hermano, su único hermano. Aunado a esta tragedia, su estado económico no le permitió siquiera reclamar el cuerpo de su hermano.

Uno puede entonces imaginar su corazón en busca de significado. Su querido hermano, un hombre que sentía era precioso y único en su carácter y potencial, se había ido. Fue entonces cuando se rebeló en espíritu, negando que el Dios que había obedecido desde niña fuera compasivo. Pero, en ese período de angustia, ella dice que Él respondió, convirtiéndose en el Dios de paz. El Dios de vida y amor comenzó a calmar las aguas turbulentas del corazón de esta dulce mujer. La fe no solo volvió, sino que floreció, dándole a conocer cosas “demasiado maravillosas” que no podría haber aprendido de otra manera.

En su recuperación, Mary Ann Baker recuerda que su colaborador, Horacio Palmer, le pidió que
compusiera las palabras de canciones que abordaran el tema de "Cristo calmando la tempestad", lo cual era el tema de las lecciones que se estaban enseñando en la escuela dominical de la iglesia. El resto, como ellos dicen, es historia. Su aflicción personal, una tempestad, tenía significado después de todo. De hecho, esta aflicción añadió profundidad y pureza de su fe, según ella misma declarara.  

Mary Ann Baker, debe haber atravesado por etapas en su tormenta, según las tres estrofas  que escribió para sus hermanos en la fe. Seguramente las estrofas de este himno son palabras para otros hermanos que también quieren respuestas, pero no tienen a quien acudir.

La primera estrofa  de Mary Ann Baker nos dice que es normal cuestionar a Cristo, para recordarnos que tenemos la tendencia a dudar cuando estamos siendo sacudidos por eventos que nos abofetean con severidad. Es notorio que eso es lo que necesitamos verdaderamente, para aferrarnos de la mano de nuestro Dios con más fuerza. La segunda estrofa nos dice que podríamos ceder y hundirnos profundamente, pero incluso entonces no sería demasiado tarde para clamar a Él. Sin embargo la tercera estrofa nos dice que la resistencia (paciencia) será recompensada.

Reflexionando sobre la historia de esta mujer.

Me alegra que ella utilizara el conocido pasaje de los Apóstoles, los más cercanos al Maestro, en el Mar de Galilea para comunicarnos cómo una tormenta podría tomarnos desprevenidos.

Al norte de Jerusalén, como a ciento treinta kilómetros más o menos se encuentra un hermoso lago conocido anteriormente en los tiempos bíblicos como el Mar de Genesaret o Lago de Genesaret, mejor conocido en nuestros días como el Mar de Galilea. Es un lago de agua dulce en su interior, de poco más de veinte kilómetros  de largo y doce kilómetros de ancho. El río Jordán fluye a través de él, de norte a sur, en su viaje hacia el Mar Muerto.

Este fue el lago que Jesús conoció cuando niño y adulto. Fue a este lago y a los montes vecinos de Galilea que Jesús volvió tan a menudo durante esos exigentes años de su ministerio público.

En cierto viaje a Galilea, el Salvador enseñó a la multitud agolpada cerca de la orilla del agua. Con la gente presionando cada vez más, Jesús buscó una mejor ubicación para  impartir la enseñanza, entrando en un barco y alejándose unos cuantos metros de la orilla del mar. Allí, a poca distancia de la ansiosa multitud, podía ser visto y oído por aquellos que se esforzaban por ver y oír al Maestro.

Después de su discurso, Cristo pidió a sus discípulos cruzar al otro lado del lago. El Mar de Galilea es bastante bajo, se encuentra alrededor de 200 metros por debajo del nivel del mar, y es muy caluroso. Las colinas que rodean el lago se levantan imponentes a una altura considerable. El aire frío que baja de las montañas se encuentra con el aire caliente que sube desde el lago; de modo que temporalmente pueden ocurrir tormentas repentinas y violentas en la superficie de esa depresión geográfica. Fue en una de estas tormentas en la que Jesús y sus discípulos se encontraron mientras cruzaban el lago al anochecer. Es de la siguiente manera como Marcos lo describe:

“Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.
Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”, Marcos 4:36–41.

Ninguno de nosotros se sentiría a gusto pensando o sabiendo que es un creyente de poca fe. Supongo entonces que esta suave reprensión del Señor aquí, era parte del aprendizaje. Este gran Dios, Jesucristo Dios, en el cual decimos confiar y en cuyo nombre hemos sido adoptados como hijos, es el mismo que dijo: "Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas", Génesis 1:6. También es el que dijo: "Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así", Génesis 1:9. Además, fue él quien abrió el Mar Rojo, lo que permitió a los israelitas pasar por tierra seca. (Éxodo 14:21-22). Entonces no debió ser una sorpresa que Él ordenara a algunos elementos de la naturaleza, que estaban actuando sobre el Mar de Galilea, reprender y callar. Nuestra fe nos debe recordar que Él puede calmar las aguas turbulentas de nuestras vidas.

Todos nosotros hemos visto algunas tormentas repentinas en nuestras vidas. Algunas de ellas, aunque temporales, como estas del mar de Galilea, pueden ser violentas, aterradoras y potencialmente destructivas. Algunas de ellas pueden incluso deformar nuestra fe en el Dios de amor. Bien sea como individuos, como familias, como iglesia, se nos han presentado tormentas repentinas que han hecho que nos preguntemos de una u otra manera, "Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?" Y de una manera u otra, después de la tormenta, siempre escuchamos la voz de su Espíritu decir: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?"

Jesús dijo: " Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo", Juan 16:33. En la misma ocasión, dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo", Juan 14:27. A lo largo de su vida y ministerio Jesús habló de la paz, y cuando Él salió de la tumba y apareció a sus discípulos, su primer saludo fue: "paz a vosotros", (Juan 20:19).

Pero observe este detalle. Jesús no se escapó de la pena, el dolor, la angustia y los embates. No hay lenguaje que pueda explicar la carga indescriptible que llevaba, ni tenemos la suficiente sabiduría como para entender las palabras del profeta Isaías cuando escribió de Él como: "varón de dolores",  Isaías 53:3. La mayor parte de Su vida fue constantemente abatida por las tempestades. Y desde el punto de vista humano, se estrelló fatalmente en la costa rocosa del Getsemaní. Si algo debemos aprender como creyentes  es: no contemplemos nuestro transitar por esta vida con los ojos mortales. Por medio  de nuestra vista espiritual,  sabemos y entendemos que lo ocurrido en la cruz del Calvario fue algo bastante diferente.

La paz estaba en los labios y el corazón de nuestro Salvador no importa cuán fuertemente la tempestad rugiera. Puede ser lo mismo para nosotros, en nuestro corazón, en nuestro hogar, incluso con los golpes que enfrentamos de vez en cuando en la Iglesia. No debemos esperar que la vida pase frente a nosotros sin ninguna oposición.

"Ya sea el furor del mar agitado por la tormenta, demonios, hombres o lo que sea, nada podrá inundar de agua la barca (nuestra vida) donde se encuentra el Dios del océano, la tierra y el cielo. Todos ellos deben obedecer mansamente Su voluntad. Amén.

La letra del himno

MAESTRO SE ENCRESPAN LAS AGUAS

Maestro, se encrespan las aguas, y ruge la tempestad,
los grandes abismos del cielo se llenan de obscuridad.
¿No ves que aquí perecemos? ¿puedes dormir así,
cuando el mar agitado nos abre profundo sepulcro aquí?
CORO:
Los vientos, las ondas oirán tu voz, "¡sea la paz!:
Calmas las iras del negro mar,
las luchas del alma las haces cesar,
y así la barquilla do va el Señor
hundirse no puede en el mar traidor.
Doquier se cumple su voluntad:
"¡Sea la paz! ¡sea la paz!"
tu voz resuena en la inmensidad: "¡Sea la paz!"
Maestro, mi ser angustiado te busca con ansiedad,
de mi alma en los antros profundos se libra cruel tempestad;
pasa el pecado a torrentes sobre mi frágil ser,
y perezco, perezco, Maestro, ¡oh, quiéreme socorrer!
Maestro, pasó la tormenta, los vientos no rugen ya,
y sobre el cristal de las aguas el sol resplandecerá.
Maestro, prolonga esta calma, no me abandones más:
Cruzaré los abismos contigo, gozando bendita paz.

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Joseph Scrivin nació en Dublín, Irlanda, en 1820. Después de graduarse en Dublin Trinity College (Colegio Trinidad de Dublín), este joven tenía grandes planes y expectativas. Como un hombre joven aspiraba seguir los pasos de su padre en la Marina Real, pero su mala salud lo hizo imposible. Entre sus planes estaba el casarse con su hermosa novia, que era irlandesa, y así comenzar un hogar cristiano; además, poner en práctica la carrera que él había estudiado, comenzando un negocio. Todos estos planes nunca llegaron a llevarse a cabo porque una tragedia vino a su vida. Su futura esposa accidentalmente se ahogó el día antes de la boda. Cuando Joseph Scrivin vio que estaban sacando del agua el cuerpo de su novia, él entró en un trauma que, en parte, quedaría con él por el resto de su vida.

Joseph Scriven era un hombre experimentado en quebranto. Para poner la mayor distancia posible entre él y esa tragedia, Scriven luego se trasladó a Canadá en donde entregó su vida para ayudar a los menesterosos. Algunos lo veían un poco extraño, pero para muchos que ayudó, él fue la respuesta divina de las muchas oraciones que elevaron a Dios. Mientras vivía allí, él se comprometió de nuevo, pero su novia se enfermó y murió antes de que pudieran casarse. En su dolor, Scriven decidió dedicarse a una vida de servicio. Fue especialmente conocido por llevar una sierra Buck y cortar leña para las personas necesitadas.

Después de haber pasado diez años en Canadá, el joven Scrivin recibió un mensaje de su madre,
quien se encontraba en gran prueba. Para animar a su madre, Scrivin escribió un poema titulado: “El Amigo Que Entiende”. Esto sucedió en el 1855, y durante aquel tiempo apareció un himno titulado: “Oh, Que Amigo Nos Es Cristo”. La música era atribuida a C.C. Converse, pero su autor era desconocido. Fue hasta 1880 que el misterio fue resuelto; “Oh, Que Amigo Nos Es Cristo” fue el poema que Joseph Scrivin le había enviado a su madre. Y este hecho fue confirmado cuando un vecino del Sr. Scrivin encontró el original del poema en la habitación del Sr. Scrivin mientras éste se encontraba enfermo; se le preguntó al Sr. Scrivin si él había sido el autor del poema, él insistió que él lo había escrito, con la ayuda del Señor.

Nadie sabe cuándo fue la primera vez que este himno fue publicado, pero es lógico suponer que la madre del Sr. Scrivin lo divulgó con sus amistades y alguien lo envió para publicación en un periódico, donde fue encontrado por el Sr. C.C. Converse quien le dio la música hasta el día de hoy.

El señor Ira D. Sankey nos relata el hecho de cómo este himno llegó hasta nosotros.
“A mi regreso de Inglaterra en 1875, tuve la oportunidad de unirme a P. P. Bliss para la publicación del himnario Gospel Hymns #1 (Himnos Evangélicos # 1). Después de terminar los arreglos con el impresor, tuve la oportunidad de encontrar este himno en un pequeño libreto de himnos, y determiné que sería bueno publicarlo en nuestro himnario. Puesto que el compositor de la música era mi amigo C.C. Converse, me tomé la libertad de quitar una de sus composiciones, que ya estaba para publicarse en nuestro himnario, y la substituí por “Oh, Que Amigo Nos Es Cristo”. Así, uno de los últimos himnos compilados en el himnario llegó a ser uno de los himnos favoritos del pueblo cristiano”.

“Inicialmente, las palabras del himno fueron atribuidas a otro autor, y no fue hasta siete u ocho años después, que se conoció que el autor fue Joseph Scrivin”.

La letra del himno

¡Oh, qué amigo nos es Cristo!
¡Oh qué amigo nos es Cristo!
Él llevó nuestro dolor,
Él nos manda que llevemos
Todo a Dios en oración.
¿Está el hombre desprovisto
De paz, gozo y santo amor?
Esto es porque nos llevamos
Todo a Dios en oración.
¿Estás débil y cargado
De cuidados y temor?
A Jesús, refugio eterno,
Díle todo en oración.
¿Te desprecian tus amigos?
Cuéntaselo en oración;
En sus brazos de amor tierno
Paz tendrá tu corazón.
Jesucristo es nuestro amigo:
De esto prueba nos mostró,
Pues para llevar consigo
Al culpable, se humanó.
El castigo de su pueblo
En su muerte él sufrió;
Cristo es un amigo eterno;
¡Sólo en Él confío yo!


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Mientras  andamos en nuestros diarios quehaceres y observamos la situación a nuestro alrededor, es posible que lleguemos al punto donde nuestro corazón se torna  enojado y frustrado. Si somos honestos, debemos reconocer que muchas veces es así como nos sentimos.  Probablemente  como Asaf se sintió al escribir el Salmo 73.

Los días miércoles tenemos en la iglesia servicio de oración. La hermana que dirigía el servicio el miércoles pasado, hizo referencia a lo hermoso de la historia del himno que cantaríamos seguidamente; ¡Oh tu Fidelidad! Mientras hablaba recordé uno de mis himnos favoritos: “Estoy bien, con mi Dios”. Este himno es un mensaje profundo al corazón de cada creyente. Nos recuerda que es Dios quien trae paz, infinita paz, tranquilidad y sosiego  a nuestras vidas.

Hoy, quisiera compartirles un poco de la historia detrás de este himno.

Horatio Gates Spafford fue un devoto presbiteriano y exitoso abogado americano que nació el 20 de
Octubre de 1828 en Troy, New York. Él es mejor conocido como el escritor del famoso himno cristiano “Estoy bien”; cuyas letras, aun hoy en día, son usadas por el Dios de toda consolación para traer paz a muchos corazones.

Horatio Spafford se mudó a Chicago, donde contrajo matrimonio con la noruega Anna Larssen (el  5 de Septiembre de 1861). Horatio y Anna tuvieron un hijo, pero éste murió a la edad de 4 años; comenzando así la serie de circunstancias aflictivas que atentarían contra la paz espiritual y seguridad terrenal que habían sostenido sus primeros años, su vida familiar y su casa. Después, Horatio y Anna tuvieron cuatro hijas más.

En 1871, el exitoso abogado Horatio Spafford fue afectado económicamente por “El Gran Fuego de Chicago”. En 1873, había planeado tomar unas vacaciones con su familia; ellos viajarían a Inglaterra (Europa), ya que allí estaba el evangelista Dwight L. Moody, quien fue amigo cercano de Horatio. Ya que Horatio se había demorado en negocios concernientes a la solución de los problemas ocasionados por “El Gran Fuego de Chicago”, decidió enviar primero a su familia en el barco SS Ville du Havre. Mientras el SS Ville du Havre cruzaba el Atlántico, chocó violentamente con el velero The Loch Earn, lo que causó que el SS Ville du Havre se hundiera rápidamente (se dice que se hundió en 12 minutos). Muchos pasajeros y tripulantes del barco murieron ahogados, entre quienes se encontraban las cuatro hijas de Horatio. Un velero de carga, The Trimountain, recogió a los sobrevivientes; entre quienes estaba Anna (esposa de Horatio), quien yacía inconsciente en un mástil flotante. Después de que Anna desembarcó en Wales, ésta le envió un telegrama a su esposo para hacerle saber que sólo ella se había salvado. Horatio Spafford no tardó mucho en viajar para encontrarse con su dolida esposa.

Mientras las personas se preguntaban qué había traído tal tragedia a Anna y Horatio Spafford, Horatio estaba convencido de que Dios era bondadoso y que él vería de nuevo a sus hijos en el cielo. Durante su viaje, el capitán de la nave llamó a Horatio Spafford y le dijo que según sus cálculos, en ese momento, ellos estaban atravesando el sitio exacto donde se había hundido el SS Ville du Havre. Allí, mientras atravesaban –en cierto sentido– aquel mar de aflicción, Dios le hizo saber a Horatio Spafford que a pesar de su suerte, él estaba bien, tenía paz, ¡gloria a Dios!; entonces Horatio escribió el himno cristiano “Estoy bien“.

En una carta que Horatio escribió a uno de sus familiares, él expresó su agradecimiento a Dios por Su amor y misericordia para con él y los suyos: “le alabaré mientras viva” –decía una de sus líneas finales. Después de un tiempo, los Spaffords (Horatio y Anna) tuvieron tres hijos más, aunque uno de ellos murió en la infancia. En 1881, Horatio y Anna zarparon con sus dos hijas a Israel y se mudaron a Jerusalén; donde vivieron hasta la muerte de Horatio, el 16 de Octubre de 1888. Anteriormente, él y su esposa ayudaron en la fundación de un grupo llamado “American Colony”, cuya misión era ayudar a los pobres.

También deseo compartir una reflexión sobre el testimonio ejemplar de este hermano.

¿Por qué Horatio Spafford pudo decir: “Estoy bien, tengo paz, ¡Gloria a Dios!”; aun cuando su senda estaba cubierta por un mar de aflicción? Porque –como cristiano– su paz en última instancia no dependía de las circunstancias, su paz estaba basada en Jesucristo (Su persona y Su obra). El testimonio de Horatio Spafford nos recuerda, amados hermanos, que nuestra paz también está basada en Jesucristo.

El principal problema de Horatio no fue su pérdida económica, ni la pérdida de sus hijos; el principal problema de Horatio (antes de ser cristiano) era que él no estaba bien con Dios, era enemigo de Dios, era hijo de ira y estaba muerto en sus delitos y pecados. Pero el misericordioso Dios había provisto en Jesucristo la solución para el principal problema de Horatio y el nuestro: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación”, 2 Corintios 5:18. Dios (el ofendido) por medio de Jesucristo nos reconcilió a nosotros (los ofensores) consigo mismo, eso es lo que dice 2 Corintios 5:19: “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación”. Dios no tomó en cuenta nuestras transgresiones porque «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él», 2 Corintios 5:21.

Si Dios ha provisto en Jesucristo la solución a tu principal problema (eras enemigo de Dios por causa de tu pecado). ¿No podrá Él proveer la solución a tus otros problemas (enfermedad física, falta de dinero, etc.)? Y si Dios en Su soberanía no hace que cesen las olas del mar de aflicción, ¿no te dará Él de Su paz y Su consuelo? En el mundo seremos afligidos, el mismo Jesucristo dijo: “En el mundo tendréis aflicción”; empero Él también dijo: “pero confiad, yo he vencido al mundo”, Juan 16:33. Con nosotros está Jesucristo, en quien nos apoyamos. Él es el Vencedor. Recuerda que Él no está distante de ti, Él no es indiferente a tu dolor, Él fue quien te prometió: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente:   El Señor es mi ayudador; no temeré  Lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:5-6). ¡Ten ánimo y confía en Él! Cuando las tentaciones y afanes vengan a ti y te sientas desmayar; mira por fe a Jesucristo, quien se hace llamar a sí mismo nuestro hermano, quien fue hecho semejante a nosotros «para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo», Hebreos 2:17. Si piensas que nadie sabe por lo que estás pasando, te recuerdo que « él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados», Hebreos 2:18. Acércate confiadamente al trono de gracia, para recibir misericordia y hallar gracia, Hebreos 4:16. Si dudaste de Su promesa, arrepiéntete y pon tu mirada nuevamente en Dios, convencido de que serás perdonado en Aquel que expió los pecados, Hebreos 2:17.

Por último deseo dejarles la letra del himno

“Estoy bien”
De paz inundada mi senda ya esté
O cúbrala un mar de aflicción,
Cualquiera que sea mi suerte, diré:
Estoy bien, tengo paz, ¡Gloria a Dios!.
Coro:
Estoy bien,
¡Gloria a Dios!,
tengo paz en mi ser,
¡Gloria a Dios!.
Ya venga la prueba o me tiente Satán,
No amenguan mi fe ni mi amor;
Pues Cristo comprende mis luchas, mi afán,
Y su sangre obrará en mi favor.
Feliz yo me siento al saber que Jesús
Libróme de yugo opresor;
Quitó mi pecado, clavólo en la cruz:
Gloria demos al buen Salvador. 
La fe tornaráse en feliz realidad
Al irse la niebla veloz;
Desciende Jesús con su gran majestad,
¡Aleluya, estoy bien con mi Dios!. 
Letra: Horatio G. Spafford, 1873. trad. Pedro Grado Valdés, alt. Música: Philip P. Bliss (nombró su melodía ‘Ville du Havre’), 1876.

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