Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, Y camino de vida las reprensiones que te instruyen. Pr 6.23

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Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. 2 Timoteo 2:15.

Puede parecer una pregunta extraña: ¿por qué estudiar la Biblia? - sobre todo cuando probablemente no hubiera continuado leyendo esto, si no creyese que dicho estudio es necesario o al menos de alguna manera beneficioso. Pero con demasiada frecuencia hacemos cosas por el simple hecho de hacerlas. Ciertamente este es un buen momento para preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos o por qué no hacemos lo que deberíamos hacer.

Aunque hay varias razones de peso para estudiar la Biblia, hay dos excusas comunes para no estudiar las Escrituras. La primera, comúnmente manifestada, es que la Biblia es difícil de entender y sólo los teólogos altamente cualificados con formación técnica están equipados para la tarea. Esto es lo que a menudo pensamos y decimos, a fin de acallar nuestras conciencias y descuidar nuestro deber de estudiar las Escrituras.

Los reformadores del siglo XVI respondieron esta excusa defendiendo la perspicuidad de las Escrituras, es decir, la claridad de las Escrituras. Ellos no mantuvieron que todas las partes de la Escritura son igualmente claras, sino que la Biblia es necesariamente clara en su mensaje básico. Esto significa que si leemos, podremos captar lo esencial, con la iluminación del Espíritu Santo.

La segunda excusa es que la Biblia es demasiado aburrida. Nos quejamos de que necesitamos la ayuda de alguien para "hacer que la Biblia cobre vida"; pero la Biblia está viva, y sus palabras nos hacen cobrar vida. No hay nada de aburrimiento en el drama, pasión, crimen, devoción y vida real que está representada en las Escrituras. Las costumbres antiguas pueden parecer ajenas a nosotros, pero las luchas y los problemas que enfrentaron los personajes bíblicos son los mismos que enfrentamos hoy día.

Como seguidores del Señor Jesús debemos estar motivados a estudiar la Biblia, con el fin de seguir creciendo en las cosas que ya hemos aprendido. Necesitamos profundizar en nuestra comprensión sobre los orígenes y contextos de los libros de la Palabra de Dios con el fin de comprender y aplicar mejor a nuestras vidas las verdades que contienen.

Nuestro objetivo final es glorificar a Dios a través de nuestra vida. Ciertamente, para que el creyente pueda alcanzar este objetivo, es fundamental el manejo y comprensión de la Biblia. Comprométase a ser hallado fiel en la tarea de presentarse a sí mismo como un obrero que maneja bien la palabra de verdad. Aun cuando está sea una tarea de por vida, se puede cumplir a través de la paciente práctica diaria.

"Entonces el suegro de Moisés le dijo: —No está bien lo que haces.  Te agotarás del todo, tú y también este pueblo que está contigo. El trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo. Ahora pues, escúchame; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Sé tú el portavoz del pueblo delante de Dios, y lleva los asuntos a Dios. Enséñales las leyes y las instrucciones, y muéstrales el camino a seguir y lo que han de hacer. Pero selecciona de entre todo el pueblo a hombres capaces, temerosos de Dios, hombres íntegros que aborrezcan las ganancias deshonestas, y ponlos al frente de ellos como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez". Éxodo 18:17-21.

La gente a menudo desarrolla un deseo de algo que no está en el plan de Dios para ellos. Cuando no pueden alcanzar lo que está puesto en el deseo de su corazón pueden construir una intensa e implacable presión.

Los cristianos que son consumidos por la avaricia han dejado de depender de Dios. Para alcanzar una meta, algunos manipulan las circunstancias, porque ellos han perdido la fe en la capacidad del Señor para saber qué es lo mejor y como proporcionarlo. Tal comportamiento indica un rechazo de la soberanía de Dios. Entonces el miedo se convierte en un problema, ya que la persona persigue más y más el objeto de su deseo.

Las consecuencias de la codicia son dolorosas: la sensibilidad espiritual de un creyente puede debilitarse hasta el punto de que ya no es sensible a la voz del Espíritu. A medida que un cristiano se distancia a sí mismo del Señor, una actitud codiciosa probablemente lo conviertan en un desagradecido. Es difícil ser agradecido por las cosas que uno no tiene, y la atención esté centrada en lo que le falta.


La codicia lleva a una vida de tensión y preocupación. Jetro sabiamente aconsejó a su yerno Moisés a buscar ayudantes que odiaran las ganancias mal habidas. Estos hombres estaban más interesados en lo que Dios proveyera para ellos, que en lo que podían adquirir por sí mismos. Si queremos ser como ellos, hay que centrarse en los propósitos de Dios para nuestra vida. Cuando somos sensibles a su voz, Él nos enseña a distinguir entre los deseos que están dentro de su voluntad y los que se encuentran fuera de ella. Como creyentes, tenemos el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros y nos ayuda a resistir la tentación de los malos deseos. La codicia no tiene que ser nuestra perdición.

"Por tanto, sed imitadores de Dios como hijos amados,  y andad en amor, como Cristo también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio en olor fragante a Dios. Pero la inmoralidad sexual y toda impureza o avaricia no se nombren más entre vosotros, como corresponde a santos;  ni tampoco la conducta indecente, ni tonterías ni bromas groseras, cosas que no son apropiadas; sino más bien, acciones de gracias. Porque esto lo sabéis muy bien: que ningún inmoral ni impuro ni avaro, el cual es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios". Efesios 5:1-5.

Una de las toxinas mejor ocultas en la vida de un creyente es la codicia. Tendemos a pensar que el término describe simplemente un deseo de un elemento que pertenece a otra persona, pero es algo más profundo que eso. La codicia es un intenso anhelo de algo que no tenemos, junto con la creencia de que no vamos a ser felices o estar satisfechos hasta que lo consigamos.

Si estamos impulsados por un deseo insaciable que nos distrae de nuestra relación con Dios, entonces estamos en peligro; tal deseo intenso es realmente una forma de idolatría. Nuestra ansiedad por satisfacer el deseo se traduce en la colocación del objeto antes que Dios. Esa es la naturaleza misma de la adoración de ídolos.

Todos tenemos deseos en el corazón, y muchos de ellos han sido plantados por el Señor mismo. Cualquier deseo en el marco de la voluntad de Dios es aceptable. Por ejemplo, no hay nada en las Escrituras que diga que es malo el deseo una bonita casa o un automóvil. Dios tiene un propósito, el plan y el tiempo determinado para satisfacer nuestras necesidades y suministrar nuestros deseos legítimos. Sin embargo, cuando elegimos cumplir un legítimo deseo dado por Dios de una manera que no está en consonancia con la voluntad del Señor, somos culpables de codicia.


La razón por la cual la codicia es tan perjudicial es que no tiene fin. Cuando alcanzamos un objetivo que pensamos que nos satisfará, descubrimos que todavía no estamos satisfechos. Así que apuntamos a otra cosa que creemos que traerá satisfacción y quedamos atrapados en un ciclo de insatisfacción/satisfacción. Pero nada puede traer la paz y la verdadera alegría a nuestro corazón que no sea una estrecha relación con Jesucristo.

“procurando con diligencia guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. (Efesios 4:3).

La unidad del Espíritu debe ser seriamente mantenida en humildad, mansedumbre, paciencia y amor entre los cristianos. El pasaje arriba describe el objetivo de un andar íntegro: la unidad en el Espíritu. Jesús oró por los creyentes: "para que todos sean una cosa, así como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste". (Juan 17:21). Nuestro testimonio al mundo depende de nuestra unidad como creyentes.

El mundo está lleno de discordia, hostilidad, amargura y resentimiento. Si en medio del mundo hay un oasis de unidad y armonía, la gente se preguntará, qué tienen estas personas. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de decir: "Esto es lo que Cristo hace". El mundo necesita ver que la iglesia de Cristo no es otro club social, sino un organismo de Dios; nacido sobrenaturalmente, sostenido sobrenaturalmente, y con un destino sobrenatural.

Nuestra unidad dependerá de las virtudes que hayamos ejercitado: mansedumbre, paciencia y el amor benigno. Sin ellos, la unidad es imposible. Además, nuestra unidad requiere de diligencia. La palabra traducida como "diligente" en Efesios 4:3 lleva la idea tanto de celo como de urgencia. La diligencia, en su sentido más alto, es el esmero y el cuidado en ejecutar algo. Una prontitud de hacer algo con gran agilidad tanto interior como exterior. Como toda virtud se trabaja, netamente poniéndola en práctica. Vamos entonces a trabajar por la unidad en el Espíritu, y a trabajar desde ahora. Necesitamos plena dedicación. Este es un paso personal, no de equipo, y si quiere darse prisa y empezar a trabajar en la unidad, necesita comenzar en su corazón. Comprométase primero en caminar dignamente, haciendo coincidir su vida con su teología.

Es doloroso observar todo el aislamiento y discordia que existe en  las iglesias hoy. Una de las principales causas que nos divide, es el enfoque en los distintivos denominacionales. En cambio, deberíamos centrarnos en los distintivos bíblicos, que es lo que nos une. Tenemos que humillarnos y aprender a amarnos unos a otros. Ahora entiéndase bien, la unidad no se alcanza iniciando un movimiento ecuménico mundial; pero la obtendremos cuando lleguemos a ser lo que Dios desea que seamos. Trabajar en la unidad es una tarea de tiempo completo que exige la máxima dedicación y obediencia de todo cristiano.


Oremos para que Dios nos de el entendimiento y fortaleza necesaria para trabajar con esmero en función de un cambio que empieza con cada uno de nosotros mismos.

“Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados:  con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor”. (Efesios 4:1-2).

Los cristianos pacientes soportan las circunstancias negativas; hacen frente a personas difíciles, y aceptan el plan de Dios para toda situación. En nuestra  cultura instantánea, "lo quiero ahora", la paciencia es difícil de conquistar. Nos enojamos si tenemos que esperar demasiado tiempo en la cola del supermercado, o si quedamos atrapado detrás del tipo que conduce a veinte kilómetros por hora, por debajo del límite de velocidad.

La paciencia es el rasgo de una personalidad madura. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar las contrariedades y adversidades con fortaleza y sin lamentarse. Esto hace que las personas que tienen paciencia sepan esperar con calma a que las cosas sucedan, ya que entienden que las cosas no dependen estrictamente de uno. El pasaje arriba nos dice que nuestras vidas deben estar marcadas por la paciencia. Una persona paciente no tiene una mecha corta o pierde los estribos.

Hay tres aspectos en la paciencia bíblica:
En primer lugar, la paciencia nunca cede frente a las circunstancias negativas, por muy difíciles que estas sean. Dios le dijo a Abraham que lo convertiría en una nación grande y le daría la tierra de Canaán a sus descendientes (Génesis 12:2, 7). Cuando Dios hizo esta promesa, Abraham y Sara ni siquiera tenían hijos. Tuvieron que esperar mucho más allá de sus años fértiles antes de que Dios les diera un hijo. Pero Hebreos 6:15 dice: "Y así Abraham, esperando con suma paciencia, alcanzó la promesa". "Sin debilitarse en la fe, él tuvo muy en cuenta su cuerpo ya muerto (pues tenía casi cien años) y la matriz muerta de Sara. Pero no dudó de la promesa de Dios por falta de fe. Al contrario, fue fortalecido en su fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, quien había prometido, era poderoso para hacerlo". (Romanos 4:19-21). Él confió en Dios y esperó pacientemente a que cumpliera su promesa.

En segundo lugar la paciencia hace frente a las personas difíciles. Pablo nos dice: "Hermanos, también os exhortamos a que amonestéis a los desordenados, a que alentéis a los de poco ánimo, a que deis apoyo a los débiles, y a que tengáis paciencia hacia todos". (1 Tesalonicenses 5:14). Esto es aplicar mansedumbre; proviene de un espíritu que se niega a tomar represalias. Nuestra reacción normal es estar a la defensiva cuando se nos provoca. Pero una persona paciente soporta el insulto, la persecución, el trato injusto, la calumnia y el odio. Atiende a Dios, no a sí mismo, sabiendo que Dios pagará todo pecado en el momento adecuado. No se puede iniciar una pelea con una persona paciente.

En tercer lugar, la paciencia acepta el plan de Dios para todo. No cuestiona, ni reniega de Dios. Una persona paciente entiende, acepta y dice: "Señor, si esto es lo que usted ha planeado para mí, entonces esto está bien". Romanos 8:28 dice: "Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito". Puesto que Dios está en control de todas las cosas, podemos ser pacientes, a la espera de que Él llevará a cabo su voluntad.


Pídale a Dios que le ayude a reconocer cuando las situaciones tienden a volverlo impaciente. Cuando esos tiempos lleguen, ore a Dios por fortaleza para poder soportar.

“Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados:   con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor”. (Efesios 4:1-2).

Para llegar a ser más manso, comience por observar de cerca sus actitudes. Hemos señalado que la mansedumbre es esencial para aquellos que quieren caminar dignamente. Entonces, ¿cómo puedes saber si eres manso? Te voy a dejar algunas preguntas prácticas para que las evalúes con honestidad.

En primer lugar, ¿tiene usted control de sí mismo? ¿gobierna  usted su propio espíritu (Proverbios 16:32), o pierde los estribos bruscamente? Cuando alguien lo acusa de algo, se defiende de inmediato, o está más inclinado a considerar si hay algo de verdad en lo que le acusan?

En segundo lugar, ¿te enfureces solamente cuando Dios es deshonrado? ¿Le desagrada y enoja  el pecado o cuando la Palabra de Dios es pervertida por los falsos maestros?

En tercer lugar, ¿busca siempre hacer las paces? La persona mansa es pacificadora. Efesios 4:3 dice que estemos "procurando con diligencia guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". ¿Si alguien cae en pecado, lo condenas o chismeas acerca de esa persona? Gálatas 6:1 nos da instrucciones de como tratar con hermanos que han, "restaurad al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado". Los chismes y la condenación dividen creyentes; el perdón y la restauración los unen. Las personas mansas no empiezan las peleas; ellos las terminan.

En cuarto lugar, ¿acepta usted las críticas sin tomar represalias? Ya sea que la crítica esté bien o mal, no se debe devolver el golpe. De hecho, podría más bien agradecer a sus críticos, porque la crítica podría mostrarle sus debilidades y ayudarle a crecer.

Por último, ¿tiene usted la actitud correcta hacia los inconversos? Pedro dice: "Más bien, santificad en vuestros corazones a Cristo como Señor y estad siempre listos para responder a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia". (1 Pedro 3:15). Si somos perseguidos, es fácil para nosotros pensar, no pueden tratarme así, soy un hijo de Dios. Pero Dios quiere acercarnos a los inconversos con mansedumbre, tomando en cuenta que Dios también se acercó a nosotros con mansedumbre,  antes de ser salvos (Tito 3: 3-7).


Considere cuidadosamente sus respuestas a estas preguntas, y comprométase a llevar una vida que se caracterice por la humildad, paciencia y mansedumbre. Recuerde que "un espíritu afable y apacible,  es de grande estima delante de Dios". (1 Pedro 3:4). Si alguna de estas preguntas han señalado deficiencias en su mansedumbre, pida a Dios que fortalezca esas áreas.

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